Cuatro largas horas en compañía de Roxane
Un nuevo mes. Un nuevo cuento. Espero que les guste.
Ya en la ruta, sé que el viaje va a ser aburrido. Roxane se muestra tranquila, pero los dos sabemos que debajo de aquella mirada apacible y de esos ojos verde claros, se esconde un verdadero monstruo.
El día en que nos conocimos pensamos que era amor a primera vista y de inmediato comenzamos a planificar nuestra vida juntos. Los primeros meses fueron buenos. Nos mudamos a un departamento en la calle Libertad, a dos cuadras de la avenida Corrientes, y todas las mañanas, antes de ir al trabajo, íbamos a desayunar a un bar distinto. Es la ventaja del Centro, decía ella, un bar en cada esquina, por eso me gusta.
Al principio sus caprichos me resultaban divertidos. Después no.
Ahora me toca la espalda y trata de ser amable pero no puede: cuando me rasguña, me quejo y la aparto pero ella, con la tranquilidad que la caracteriza, saca un pañuelo descartable de su bolso de mano y lo pasa “suavemente” por el hilo de sangre que comienza a ensuciarme la remera. Ni siquiera pide disculpas, sólo señala una estación de servicio y dice paremos. No la escucho, seguimos viaje. De eso también me di cuenta al tiempo de conocerla: además de ser caprichosa, odia que no le presten atención.
Me acuerdo de la mañana en que, abrazados, dormíamos después de haber hecho el amor, cosa rara, ya que a ella no le gusta hacer el amor de día (piensa que hay un lugar y un momento para todo) pero aquella mañana estábamos particularmente enamorados y por un momento olvidamos lo que en nuestra relación debía ser “lo correcto”. Nos quedamos dormidos y al rato, no sé cuanto tiempo pasó, nos despertamos con el sonido del teléfono. Eran las ocho y la voz, que al principio el cansancio no me dejó reconocer, era la de mi padre que llamaba para darme lo que hasta ese momento consideré la peor noticia de mi vida.
En la radio suena una canción de jazz, la voz dulce de una mujer que no reconozco anuncia un final inevitable. Cuando le traduzco a Roxane parte de la letra puedo ver lágrimas en sus ojos. La muerte es un tema del que nunca le gustó hablar. Mientras mira por la ventana, pregunta, como si yo no estuviera ahí, si el amor, al igual que nosotros, también tiene un final triste. Apoya la cabeza sobre el asiento y cierra los ojos.
Después del llamado de mi padre, me acerqué a Roxane y la abracé para susurrarle que mi madre había muerto, y entonces sentí cómo su cuerpo se contraía. Después intentó librarse de la presión de mis brazos y al hacerlo se incorporó de la cama, y desnuda caminó hasta el ventanal que daba a la calle. Ya hay gente, podríamos salir a caminar, dijo, y supe que era la primera vez en que ella se enfrentaba con algo así.
La música cambia, pero Roxane aún espera una respuesta. Hace tiempo que no hablamos y ahora me resulta más difícil todavía. Sobre el final de la canción, y a pesar de no saber bien qué voy a decir, escucho mi voz: hace tiempo que nosotros estamos muertos, sin amor, sin nada que nos una.
Después del llamado de mi padre, salimos. Nos vestimos con ropas coloridas: ella un jean y un pulóver rojo; yo un pantalón de corderoy y una chaqueta verde. Bajamos a desayunar, elegimos un bar lleno de gente. Tomamos café con leche y tostadas con manteca para mí y con dulce de frutilla para ella. Después pagué, y nos fuimos sin esperar el vuelto.
Apago la radio y después de varios minutos el silencio se hace insoportable. Le pregunto a Roxane si quiere tomar algo y no responde. Duerme. Estoy a punto de volver a encender la radio pero al ver una estación de servicio decido detenerme. Antes de bajar del auto intento despertarla y ella abre los ojos, dice algo que no comprendo y vuelve a dormir. Bajo del auto y me acerco a unas mesas rodeadas de árboles. El pasto crecido y amarillento me recuerda mi casa de la infancia. Hay hamacas y toboganes y familias que de sus heladeras de viaje sacan sandwiches y bebidas. Todos se disponen a almorzar. Miro la hora: las doce y media. Desde el banco de piedra en el que ahora estoy sentado veo a chicos que corren para ocupar un lugar en las hamacas. Ellos son seis, las hamacas cuatro. El que primero toque con las piernas esa rama de este árbol se queda más tiempo, grita uno, y todos asienten. Sé que ninguno de ellos va a lograrlo.
Es lo que me gusta de los chicos, decía siempre Roxane, para ellos todo es posible. Aunque no lo sea.
Después de haber desayunado caminamos varias cuadras por el Centro pero al fin decidimos volver a casa. Roxane quería mucho a mi madre, y cuando le comenté que al día siguiente sería su entierro, ella no lo dudó y de inmediato sacó dos bolsos en los que guardó ropa suficiente para pasar un fin de semana.
Uno de los chicos, el mayor, toca con la punta de las zapatillas la rama del árbol y ahora en su rostro veo una sonrisa. También sonrío: desde donde estoy, esa rama parece estar más cerca del cielo que de la tierra. Los demás chicos festejan e intercambian lugares, pero ahora la consigna es otra y me resulta algo más difícil, pero a ellos parece que no. La consigna es tocar las nubes. A Roxane tampoco le parecería difícil, a ella siempre le atrajo la idea de tener hijos, de tocar las nubes, tener muchos hijos, y creo que eso también terminó por alejarnos.
Esa misma tarde, después de haber preparado los bolsos y de hacer un par de llamados para avisar de nuestra ausencia en los días siguientes, cerramos con llave el departamento y nos fuimos. Cada uno cargó su bolso hasta el estacionamiento y ninguno señaló lo ridículo de la situación: poner en dos bolsos cosas que cabían sólo en uno.
Me incorporo y termino el cigarrillo. Los chicos ríen y gritan cada vez que uno salta más alto que los otros. Los padres, a su vez, practican el ritual del almuerzo: toman gaseosas en vasos de plástico y comen torta de manzana que sacan de un tupper. Sé que no tendermos nada de eso.
Al salir de la ciudad, encendí la radio. Los carteles de la ruta pronosticaban que el viaje nos demandaría unas cuatro horas. Cuatro largas horas en compañía de Roxane. Ella permanecía en silencio. Subí el volumen de la radio para escuchar a la mujer que, con voz suave, cantaba un standard de jazz.
Voy en dirección al auto y por algún motivo camino despacio, como si el cuerpo me pesara, como si supiera que ya nada tiene sentido. Los chicos aún gritan, me doy vuelta para ver si alguno de ellos tocó las nubes pero no. Cosas de chicos, pienso.
Le traduje la letra de la canción y ella, la mujer de voz suave, aunque también Roxane, dice que el amor entre nosotros hace tiempo culminó. O soy yo quien lo dice, que nuestra relación tenía un final inevitable, no, no dije eso, dije que no la quería, que hace tiempo que estábamos muertos, sin amor, sin nada que nos uniera, yo nunca te quise Roxane. Pero ya era tarde: la música había cambiado hacía tiempo y al mirar a mi mujer supe que ya no era la misma.
Roxane no está en el auto. Miro en el asiento de atrás y tampoco está su bolso. La radio continua encendida.
Aún me quedan varias horas de viaje y me pregunto dónde estará Roxane, cuatro largas horas de viaje solo conmigo mismo, a dónde habrá ido. Pienso también que antes de llegar a casa podría detenerme a comprar un ramo de flores rojas, a mi madre siempre le gustaron.