December 2011
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Piezas de acrílico y cuero diseñadas y pensadas para una mujer moderna que le gusta jugar, caminar, saltar y bailar. Para todos los días y para sorprender y deslumbrar en una fiesta. Diseñadora: Pebeta Teta.

Collar Búho. No solo te ofrece sabiduría sino belleza y diseño.

Collar primavera. Flores, flores y más flores.

Collar verano. Para disfrutar y llamar la atención en una noche calurosa.

Pajarito circular rojo. Paión y glam.

Aro hormiga. No dejes que la hormiguita avance por el aro, sino se lo comerá todo.
Acabo de decidirlo. Y será un placer y al mismo tiempo una presión y un desafío, hermoso y difícil. Todos los primeros martes del mes subiré un cuento de mi autoría, algunos que tengo escritos de hace ya mucho tiempo, y otros no tanto. Es algo que quiero compartir y que al mismo tiempo me dará las fuerzas para no dejar de escribir, de escribir para siempre, que es lo que me gusta, lo que más amo. Así que espero que lo disfruten.
Todo es simple
Puede escuchar el ruido de las copas contra las mesas, las sillas que se corren, a las personas que se levantan o se sientan, y piensa que nada de eso importa: la sala está oscura y no importa si el bar está lleno o no. Coloca la caña en la boquilla y la boquilla en el saxo. Luego humedece la caña con los labios. Sopla varias veces hasta sentir que el sonido es igual al sabor de un buen vino. Aunque está triste, se ríe. No quiere pensar en su madre, pero por otro lado sabe que es imposible no hacerlo. Pensar en ella es como volver atrás, como tomar un vino en mal estado, volver atrás: a su casa, su niñez. Ver a su madre borracha y verse a sí mismo escondiéndose de ella. Ella borracha y llorando pero Marc no. Marc no lloraba por miedo a que su madre se diera cuenta de que estaba metido en el armario del baño. Era un lugar oscuro, demasiado angosto y él se acuerda de que había mucho olor a jabón y a las cremas que su madre usaba. Oscuro como este escenario. Y, al igual que en su casa, ahora también el miedo de ser encontrado. Miedo a que se enciendan los reflectores y él deba empezar a tocar. Se pregunta ¿para quién tocar? No lo sabe. Hay gente pero a la vez no hay nadie: Nicole no está. Piensa que llegó a pasar horas enteras escondido en el armario y vuelve a reírse. Vuelve a pensar en un vino en mal estado o en un vino mezclado con soda y es inevitable no pensar en ella, en su madre, en
sacar el sonido de una nota y equivocarse; romper la caña. En soplar demasiado fuerte y romper la caña. En el sonido del vino al caer en el vaso, en las notas justas para reproducir aquel acto. Pensar en “re” y tocar un “re”. Primero hay que conocer los ingredientes, humedecer la caña con suavidad. Según su madre uno debía sentir lo que tocaba, ella decía que el buen vino hacía que todo fuera mejor. Aunque Marc no estaba seguro de eso. Su madre borracha y llorando. Marc nunca pudo saber por qué. Toca una octava. Se sienta sobre un banco alto y piensa que el tapizado debe ser de cuero. Piensa en su madre acercándose a la alacena, sacando dos vasos de vidrio, uno para ella y uno para él, siempre estaban los dos solos, y se acuerda también de que fue con ella con quién empezó a tomar: primero vino, después… ¿después qué? Cierra los ojos e improvisa. Se imagina las notas “la” y “do”, sus preferidas. No sabe por qué, o sí, tal vez por el parecido con la lluvia al golpear en los techos, tal vez por el parecido al grito agudo y desesperado de una mujer, de Nicole ¿Dónde estará Nicole? Es la primera vez que toca en público, está nervioso ¿Dónde estará? Sabe que todo es simple. Su madre siempre le repetía eso, todo es simple como la música. Lo importante, decía ella, era saber combinar los elementos. Marc piensa en el placer de tocar una buena canción. Piensa en elementos simples que se mezclan y se transforman en algo distinto y mejor. Piensa en la música. Una luz tenue ilumina sólo la barra, algunos hombres y mujeres se acercan al barman y piden tragos. Piensa que a él nadie le pide nada. Ahora los ruidos de las copas contra las mesas son más fuertes y continuos. Más copas, más ruido, más sillas que se corren y personas que se levantan o se sientan. Personas que se levantan con sus copas vacías para luego volver a sentarse con otras copas llenas de líquidos de distinto color. Piensa en acercarse él también a la barra y tomar un tequila, pero se dice que no, que debe comenzar a tocar, y entonces se pregunta para qué va a tocar si nadie se imagina que, en la oscuridad del escenario, sentado sobre un banco alto de cuero negro, está él. ¿Está él? ¿Dónde estás, Marc?, gritaba su madre entre sollozos y él se tapaba el rostro con las manos como si de esa manera pudiera protegerse de ella. ¿Dónde estás Marc?, repetía. Y él piensa que no sabe dónde está, o sí sabe, pero no importa porque nadie escuchó lo que tocaba. Se levanta y trata de acordarse dónde dejó el estuche. Al encontrarlo, apoya el saxo con suavidad sobre el paño rojo. Deja el estuche abierto. Siente la boca reseca. Piensa en el tequila como en un “mi” bemol, un grito que sale desde lo profundo de la copa, del saxo. Al bajar del escenario el bar está en penumbras y nadie se detiene a mirarlo. Hay pocas mesas y ninguna libre. Las sillas son de madera gastada, las mesas también. En la barra, pide su tequila y el barman, antes de alcanzarle el vaso con la medida exacta de líquido, le acerca un platito con limón cortado en rodajas y un recipiente con sal. Marc piensa que no lo necesita. Lo toma de un trago y pide otro. Hay una voz de mujer que dice : yo invito. Marc se da vuelta . Es Nicole. Parece Nicole. ¿Es Nicole? Él le pregunta dónde estuvo en todo este tiempo, le señala el escenario y le dice que el saxo quedó ahí, en la oscuridad. Le dice también que la estaba esperando, que su música es ella, que siempre la está esperando. Se besan. Nicole le acaricia el rostro. Marc piensa que ya es hora de subir otra vez a tocar, pero ella, antes de irse, le dice que no debió haberla besado de esa forma, que no debió lastimarla así. Marc mira el tequila, el vaso otra vez lleno, y piensa en una nota que todavía no fue tocada pero de la que ya conoce el sonido. Vuelve al escenario. Le cuesta subir. Saca el saxo del estuche y se dirige hacia la puerta de salida. En la calle, en la ruta que hace de calle, busca a Nicole sin encontrarla. Otra vez se fue, y otra vez las mismas preguntas ¿dónde estará? ¿dónde habrá ido? Se sienta en el pasto: un cielo estrellado, sin luna. Marc piensa que es mejor así. Apoya su boca contra la boca del saxo y empieza a susurrar algunas palabras. Puede escuchar el eco de su voz en la noche, en el saxo. Piensa en su madre y, al pensar en ella, sabe que debe volver al bar y terminar su función. Mira otra vez hacia la ruta ¿dónde estará Nicole? Otra de las cosas que su madre siempre le decía era que en la vida había que ser responsable. ¿Dónde habrá ido esta vez? Y si no querés ser responsable, decía, también sos responsable por eso. Se levanta y entra al bar en penumbras, donde todo sigue igual. Pero ahora hay más ruidos de copas y de sillas que se corren y personas que se levantan o se sientan y nuevas risas y gritos cada vez más fuertes. Marc se aferra al saxo y, con la mirada baja, se dirige al escenario. Esta vez no le cuesta mucho trabajo subir, los ojos ya acostumbrados a la penumbra. Antes de que se enciendan los reflectores, Marc humedece la caña con los labios y luego sopla. Pensar en tocar y tocar. Pensar en “re” y tocar un “re”. Improvisar. Lo que no puede soportar, piensa, es el hecho de saber que nadie lo escucha. Todo es simple, piensa, y piensa también que es mentira: nada es simple. Ni su música, ni su propia vida, ni nada. ¿Dónde estará Nicole? ¿Dónde estará su madre? Según ella, el final de una canción era como volver a casa.

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